Es sorprendente ver la boina de contaminación que, desde hace ya mucho tiempo, cubre Madrid. No somos conscientes del aire tan contaminado que respiramos y solo cuando nos alejamos lo suficiente, a unos cuantos kilómetros de la capital, somos capaces de visualizar ese aire gris tóxico que estamos respirando cada día y que merma la salud de todos los habitantes de la ciudad.

Toda mi vida he vivido en Madrid, primero en el centro de la capital y más tarde, cuando empecé a trabajar en Roche, cerca de la oficina, donde me mudé para evitar los largos atascos, a veces de una hora, para llegar al trabajo. Pese a que Madrid cuenta con una red de transporte público bastante extensa, el uso del vehículo privado está muy arraigado en nuestra sociedad, no hay más que ver las largas colas de vehículos de entrada y salida a la capital cada día.

Las soluciones basadas en el uso de vehículos ecológicos, de cero emisiones, no han podido consolidarse todavía, entre otras cosas por el coste de estos vehículos frente a los impulsados por gasolina o diésel, la falta de concienciación/información ciudadana y la escasez de una red de puntos de recarga para vehículos eléctricos estable.

En nuestras oficinas sí disponemos de puntos de recarga para vehículos eléctricos gratuitas y llevamos años incentivando la compra de vehículos no contaminantes a través de ayudas económicas al empleado, pero queda aún mucho por hacer… Durante el confinamiento por la expansión de la COVID, se pudo apreciar como esa boina de contaminación desaparecía poco a poco, para dar lugar a un cielo azul y limpio en toda la ciudad. Pero el cielo azul duró poco y, de hecho, con la vuelta a la nueva normalidad tras la primera ola de COVID, la población prefiere desplazarse en vehículo privado para evitar las aglomeraciones en el transporte público, por lo que la situación ahora es casi peor. Es curioso cómo ese miedo al contagio nos ciega ante otras patologías derivadas del aire contaminado que son incluso más perjudiciales para nuestra salud y generan a su vez más enfermedades, pero de esto nadie quiere hablar, porque sus efectos no son tan visibles como los del nuevo coronavirus, o porque atacar las causas de cara a tomar medidas, impactaría directamente en nuestra economía.

Por otro lado, en Madrid llevamos ya muchos años sintiendo las consecuencias del cambio climático, que se manifiestan en forma de periodos de extremos climáticos y la escasez de lluvias. En verano, a nadie le sorprende superar fácilmente los 40 grados, mientras que vivimos meses en los que apenas llueve y por tanto el aire no se “limpia”, lo cual agrava el problema de la contaminación.

La situación, por desgracia, va a peor: según los expertos, las sequías se duplicarán en el sur peninsular, mientras que Madrid será una de las capitales europeas con periodos más prolongados de escasez de lluvias. La desertificación, provocada por estas sequías cada vez más intensas, amenaza con degradar severamente y provocar la pérdida de grandes extensiones de suelo fértil. Así un 75% del territorio español está en peligro de sufrir desertificación y un 20% ya padece este problema.

Otra consecuencia importante, muy relacionada con la falta de lluvia, será el aumento de los incendios, tanto en número como en intensidad. España es el segundo país del Mediterráneo -solo por detrás de Portugal- con más fuegos forestales cada año, con cerca de 100.000 hectáreas quemadas de media. El cambio climático, tal y como ya han alertado organizaciones conservacionistas como WWF, convierte el paisaje español, ya de por sí altamente inflamable, "en un polvorín" a punto de explotar.

Lamentablemente los efectos del cambio climático están ahí. Convivimos con ellos, a la espera de que se solucionen solos, mientras que no mermen nuestra calidad de vida… pero ya lo están haciendo.

Hemos actuado de manera ejemplar durante esta pandemia, porque hemos sido conscientes de la relación causa-efecto de nuestras acciones sobre nuestra salud. Pero la sociedad no se da cuenta de que la pandemia que puede desatar el calentamiento global puede ser mucho peor. Espero que no lleguemos demasiado tarde a darnos cuenta de que tuvimos en nuestras manos la oportunidad de cambiar las cosas, a través de pequeños gestos, y no lo hicimos.

Los empleados de Roche, ante el cambio climático



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